miércoles, 26 de julio de 2017
Carta Nº 47: Los nadie
La carta de hoy la escribe Omar Diallo, joven de Guinea Conakri que se encuentra en uno de los pisos del proyecto Buzzetti. Transcribo con fidelidad su historia según me la va contando...

“Los nadie”

Queridos amigos de Proyecto Don Bosco:

Nuestro querido Don Domingo González ya me invitó, en vida, a publicar las historias de nuestros chavales. Ese es uno de los motivos por el que la carta de hoy la escribe Omar Diallo, joven de Guinea Conakri que se encuentra en uno de los pisos del proyecto Buzzetti. Transcribo con fidelidad su historia según me la va contando. Consiente, con sencilla humildad que comparta “su zarza ardiendo” con vosotros, no sin asombro de que su historia nos pueda interesar.

“Mi padre murió en el año 2016, cuando yo tenía 13 años, después de estar 8 años en la cama por una enfermedad que le tenía paralizado el lado izquierdo. Lo cuidábamos entre mi madre y yo porque yo soy el mayor de mis 4 hermanos. Recuerdo que cuando lavaba a mi padre, él me daba las gracias y me decía “que Dios te bendiga hijo mío”. Yo trabajaba en el campo con mi madre. Tenemos animales y cultivamos, maíz y cacahuetes para comer la familia, y algodón para venderlo. Yo estaba cansado de trabajar en el campo porque es muy duro y había veces que llovía durante tres meses y se estropeaban las cosechas, con lo que pasábamos hambre y había que vender algunos de los animales para poder comer. Mis amigos me decían que por qué no nos íbamos a España. Uno de ellos tenía otro amigo que había ido a España y gracias a ello su familia había podido construir su casa y comprarse un coche para el trabajo del campo. Se lo dije a mi madre que me quería ir a España pero ella me dijo que le daba mucho miedo de que perdiera la vida en el mar. Así que me fui a Senegal a trabajar de peón de albañil durante 4 meses. Allí vi como mucha gente se embarcaba para ir a España por 700,00 euros más o menos. Regresé a casa y le dije a mi madre que me iba. Se negó, pero yo le dije que si no me ayudaba me iba para siempre y no me iba a volver a ver más. Mi madre lo pensó y cambió de parecer. En ese momento yo tenía 16 años.

Ya tenía 200 euros ahorrados de mi trabajo en Senegal y mi madre vendió 4 vacas para conseguir el resto hasta los 700,00 €. En el precio incluía todo. La estancia durante la espera, la comida de antes y la del viaje, el lugar donde iba a dormir, el cayuco… todo hasta llegar a Canarias. Recuerdo que mi madre lloraba mucho y me decía que no sabía si me iba a volver a ver. Mi hermana chica también no dejaba de mirarme y lloraba sin parar. Me fui a las 5.00 de la mañana con un amigo en dirección a Gambia. Paramos en Ziguinchor, que está cerca de la costa de Gambia. En una ciudad que está junto al río. Allí estuvimos durante tres meses esperando sin poder salir mucho. Dos mujeres nos hacían de comer. Eso estaba incluido en el precio que habíamos pagado, pero la mayoría de los grupos se tenían que buscar la vida para comer. A los tres meses cogimos un barco por el río hasta una Isla grande que hay en la desembocadura. Allí estuvimos un mes esperando. El día antes de la salida vimos cómo preparaban los bidones de gasolina y los bidones de agua para el viaje. Cientos de bidones de esos grandes. Salimos a las 12 de la noche en dos barcas pequeñas que nos llevaron a altamar donde nos esperaba el Cayuco. Era un cayuco muy grande. Tenía dos motores, uno nuevo y otro viejo. Nos metimos 184 personas. Antes no, pero una vez subido al Cayuco me dio mucho miedo.

El viaje duró 13 días hasta Tenerife. Nos habían dicho que duraría 7 días, pero el capitán del cayuco se desorientó porque tuvimos 4 días de tormenta, con mucho viento y olas muy grandes por la noche. Yo creía que nos íbamos a morir porque no sé nadar y entraba mucha agua en el cayuco y nos pegábamos toda la noche sacando el agua. Estuvimos 2 días perdidos. El capitán se guiaba por el sol y por la luna. Para hacer nuestras necesidades cogíamos unos cubos de la parte de abajo del cayuco y lo hacíamos allí. Subíamos y lo tirábamos al mar. Durante uno de los días de tormenta un hombre se puso a gritar como loco. Lo cogieron entre el capitán y los otros 14 que organizaban el viaje y le dieron una paliza. Lo ataron de pies y de manos y lo pusieron durante un día en la parte delantera del cayuco, donde rompía la ola, de modo que no podía hablar porque le entraba agua en la boca. Los que organizaban el viaje decían ese hombre tenía la culpa de que nos hubiéramos perdido. Cuando lo quitaron de allí ya estaba muerto con lo que lo echaron al mar.” En este momento Omar hace una pausa prolongada porque la voz se le entrecorta. “Yo estaba muy asustado. A mí no me pareció bien lo que hicieron con ese hombre.” Vuelve a hacer una pausa.

“Al perdernos y perder dos o tres días se nos acabó el agua antes de llegar a Tenerife. Aunque teníamos aún algo de comida, la comida no me entraba porque lo que necesitaba era beber. Un día, al amanecer, alrededor de las 5.00 de la mañana vimos luces. El capitán nos dijo que era España. Desde que vimos las luces hasta que llegamos a tierra pasaron 6 horas. Llegamos al sur de Tenerife a las 11.00. Recuerdo que llegamos a un puerto pequeño. Cuando nos ayudan para bajar del cayuco no podíamos ni caminar. Estábamos muy débiles. Nos preguntaban quién era el capataz pero ya nos habían dicho que cuando nos preguntaran dijéramos que no sabíamos. A mí me llevaron directamente al hospital donde estuve una noche y de allí me llevaron a un centro de internamiento de inmigrantes donde estuve 43 días con mucha gente. Éramos más de 800 personas en ese centro. Nos dimos cuenta que a muchos se los llevaban deportados de regreso a su país dependiendo de dónde fueran. Nos separaban por nacionalidades pero no sabíamos para qué era. A los de Senegal los devolvieron en avión. Al cabo de unos meses me enteré que se debía a los acuerdos que tiene España con los distintos países.Después de algo más de un mes me mandaron en avión a Madrid y me metieron con otros 6 menores en un hotel durante 15 días. Una educadora se encargaba de nosotros y venía todos los días por la mañana. Cuando entré en el hotel empezaron a explicarnos cómo funcionaban los grifos del baño, las duchas… yo pensaba que estaba en otra vida. No me lo podía creer. Cuando bajamos al comedor el primer día nos pusieron una comida muy buena y acabamos enseguida con ella. Queríamos repetir pero no nos dejaban. No nos alejábamos mucho del hotel porque teníamos miedo a perdernos. Todo nos parecía muy grande. Después de la primera semana la educadora nos pidió que llamáramos a nuestra familia para pedirles el pasaporte, pero yo no podía localizarlos. Le dije a ella que tenía un primo en Lérida y que quería irme con él. Al principio no me quería dejar pero terminó comprándome el billete y me fui para Lérida.

En Lérida estuve dos años y medio con mi primo recogiendo melocotón, manzanas y otras frutas. Después de los dos años yo ya estaba cansado de trabajar sin tener contrato y cobrando tan poco. Al poco tiempo me llegó por fin el pasaporte que me mandó mi tío. Mi primo me dijo que me viniera a Córdoba y así lo hice. Al llegar a Córdoba me meten en el centro de menores “Juan de Mairena” donde estuve 1 año. No tengo recuerdos buenos de ese año porque yo no me portaba bien. Me junté con malas juntas y no hacía caso a los educadores y la verdad es que no lo hice bien. Al cumplir los 18 años, me quedé en la calle y entré en el albergue de transeúntes. Allí estaba más controlado pero seguía mal y yo me daba cuenta de que me iba a perder, así que me fui a Lérida nuevamente con mi primo. Allí estuve 4 meses. Reuní 700,00 €, mandé a mi madre 400,00 y con el resto me fui a Barcelona y de allí a Suiza. En suiza estuve un año y medio. Allí no conocía a nadie, pero paseando un día por la calle me encontré con un amigo de mi país que me aconsejó que enviara mi documentación a Lérida y que pidiera Asilo con otro nombre diferente. Así lo hice y estuve en un centro de menores 6 mese pero acabaron pillándome y me anunciaron que me iban a mandar a España al día siguiente, con lo que me escapé. Después de los dos meses volví a Córdoba. Estaba ya cansado de dar tantas vueltas. Al llegar a Córdoba entré otra vez en el albergue y comencé a venir a Don Bosco. A los 4 meses me habéis dado plaza en uno de los pisos. Ahora estoy muy bien. Estoy sacándome el graduado. Vosotros sois mi nueva familia.

En este momento de la conversación le pregunto qué puesto ocupa Dios en su vida. Me dice que dejó de rezar desde que inició el viaje. Le hago la reflexión de que el primer objetivo ahora que lleva poco tiempo en el piso es recuperar a Dios en su vida. Dios no te ha dejado nunca. Has visto en tu historia que has tenido muchas ocasiones de peligro, incluso de perder la vida, y sin embargo Dios te ha estado protegiendo y te ha traído a nosotros. Ha puesto a Don Bosco en tu camino y tú ya notas la mejoría. Dios quiere que recuperes tu vida y puedas ayudar a tu familia y hacer tu vida tal y como la has soñado. Aprovecha que tienes en el piso compañeros buenos como tú, que rezan, aprovecha para recuperar tu oración y dejar de una vez por todas, todo aquello que te separa de Dios y de tu proyecto migratorio. Omar es muy receptivo a estas palabras. Como llevamos cerca de dos horas, le digo que cortamos aquí hasta el mes que viene y terminamos la conversación con un abrazo sentido. Intuyo, por el abrazo continuado, que le ha hecho mucho bien contar su historia. 

 

José Luis Aguirre,

Vicepresidente de la Fundación Proyecto Don Bosco

 

Córdoba, 11 de febrero de 2017

 

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